El recuerdo de la “ciudad de los truahanes”

Tánger, ciudad otrora protagonista de un Occidente en busca de puertos francos y pasatiempos exóticos, vive hoy entre el recuerdo de un pasado truhanesco y muchos ojos puestos en promesas más allá del estrecho.

Me dicen con un castellano que serpentea sordo el acento arábigo, que en un día claro puede verse la punta de Tarifa. Entrecierro mis ojos en un acto casi reflejo y los dirijo hacia el nordeste.

.- Hoy no, -me aclara mi acompañante-, hoy sopla el chergui y es imposible. Imposible, insiste.

Imposible, sí, me repito a mí mismo. Pero esbozo una sonrisa y sigo oteando el desdibujado horizonte ante la mirada perpleja pero condescendiente de Ahmed. No se lo pregunto pero imagino lo que piensa, que mejor estaríamos tomándonos un té con menta y mucho, mucho azúcar -porque a Ahmed le gusta muy dulce-, en alguno de los cafés elegantes del bulevar Pasteur en lugar de permanecer encaramados a las escalonadas almenas de la alcazaba de Tánger.

Pero en este momento no me interesan las infusiones sino la distancia, las escasas leguas que separan ambas costas y que, desde la expulsión de los últimos moros de los reinos de Castilla y Aragón, se han convertido en barrera infranqueable para dos culturas que nunca más han sabido comprenderse.

Nunca se debe perder la esperanza, dicen, y quizás la música, la literatura y el cine puedan ayudarnos a que esta comprensión sea posible. Quizás en el diálogo entre Hadj Mohamed Bajdub y Eduardo Paniagua. El primero, uno de los más destacados vocalistas marroquíes de música andalusí. El segundo, un maestro de la música antigua a este lado del estrecho, en cuyo espléndido trabajo de selección titulado Obras maestras de la música medieval española, nos ofrece Murakkaz Ah ya Muddasin, un fragmento de la también andalusí Naua Ram Al Maya, interpretado por él mismo junto a Begoña y Rosa Olavide, Luis Delgado y Carlos Paniagua.

De entre la multitud de obras que podíamos citar sobre Tánger, vamos a destacar una novela y dos películas. La novela es Déjala que caiga, una trama de intriga y viajes existenciales entre zocos y avenidas de tradiciones y extravagancias, escrita en 1952 por Paul Bowles.

“Se recostó en la cama, cerró los ojos y meditó un momento. Finalmente los abrió y escribió: existe algo en la estúpida mente humana que responde hermosamente a la idea de lo insólito, especialmente a lo insólito de condiciones capaces de producir un fenómeno dado. Cuantas menos posibilidades existen de que suceda una cosa, más maravillosa resulta cuando se produce, por inútil o incluso dañina que pueda ser, el hecho de que haya sucedido contra todo pronóstico la convierte en un acontecimiento precioso. No era justo que sucediera y, sin embargo, sucedió; uno no puede menos de admirar ciegamente la cadena de circunstancias que permitieron que se produjera lo imposible”.

“Tánger era una falsificación; una sala de espera entre conexiones, una transición de una manera de ser a otra, algo que, de momento, no era ninguna de las dos cosas”.

(Tánger 05) La primera de las películas es El viento y el león (John Millius, 1975). Confieso que es una debilidad personal por Sean Connery y por su personaje en la ficción, la figura de Mulay Ahmed ibn Muhammad ibn Abdallah al-Raisuli “El Magnífico”, líder beréber rifeño de comienzos del s. XX, cuando el territorio marroquí se ve envuelto en un laberinto de intereses colonialistas donde participan las principales potencias occidentales de la época. Idealizado hasta el extremo, poco tiene que ver el Raisuli de la película con el de la realidad, pero como ocurre con el buen cine, más si es de aventuras, tampoco importa demasiado ya que para conocer la verdad tenemos la prensa y los libros de historia… ¿o no? En cualquier caso, dejémonos llevar por el romanticismo cruel y los sueños de libertad, mientras la señora Pedecaris (Candice Bergen) y su familia traen de cabeza y vuelcan el corazón del caballeresco y feroz guerrero.

La segunda película es un documental, Tánger, esa vieja dama, realizada en 2001 por José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Es una reconstrucción histórica de una ciudad plagada de recuerdos de un cosmopolitismo exógeno y un futuro de incertidumbres. Hoy todo ha cambiado y poco o nada queda de aquello salvo el recuerdo romántico de los tan citados Capote, Bowles, Williams, Fortuny, Delacroix, espías y aristócratas mezclados con la generación beat, una ciudad que quizás nunca fue del todo real.

¡Comparte esta publicación!